14/11/2006 - 00:00 h.

C.P. «GLORIA FUERTES»

LAVI E BEL

presenta:

PETIT CABARET

Autor: Emilio Goyanes

Con:

MARTA SITJA, JAVI PARRA y MANUELA RODRÍGUEZ

 



Dirección: EMILIO GOYANES



Sinopsis:

Al principio era el caos, es decir, el vacío, el vértigo de la página en blanco. Al principio era el pánico, el horror vacui, la necesidad de hablar con palabras enigmáticas, que tienen significados contrapuestos. Me propuse hacer un espectáculo de cabaret para niños. Quería hablar sobre los miedos y empecé a hacer un guión fraccionario, construido a base de partes, de números de variedades. Al poco tiempo apareció la necesidad de contar una historia y esa historia en un revuelo de ideas, empezó a surgir. Primero fueron los personajes: tres trillizos. Tenía tres actores que no se parecen físicamente absolutamente en nada y por tanto decidí hacerles trillizos. Pensé: ¿quiénes son sus padres? ¿Cómo nacieron? Y me dije: sus padres son artistas de variedades: él mago mentalista y prestidigitador y ella cantante. Una noche de verano, paseando por la playa despues de una buena juerga en la carpa de un circo francés, bajo un cielo estrellado, se dan su primer beso y se enamoran o viceversa, ¿quién sabe? Después de unos meses, ella se queda embarazada y en pleno escenario mientras el mago Filip Quesquesé le hace levitar, nacen nuestros protagonistas. Nacen bajo un foco, mientras su madre canta una canción flotando a dos metros del suelo. La familia Quesquesé va tomando forma. Las familias de circo, aún conservan esa vieja tradición de la transmisión del oficio de padres a hijos. Los trillizos se van de gira. Mamá Elena les va dando la teta en la furgoneta y crecen entre telones y aparatos mágicos. A los seis años hacen su primer número solos en el escenario. El número Quesquesé es una pieza de bufones, con el que todos los miembros de la familia se han estrenado. Los tres niños con fracs y jorobas cantan una canción que habla de la monstruosidad. A los pocos días se van a casa a descansar. Al día siguiente se van a cumplir siete años y esa noche Papá y Mamá les han preparado una sorpresa. Les cuentan con un tango en el salón de casa cómo se conocieron, y al final del número desaparecen mágicamente detrás de una cortina. Papá suele hacerles bromas de este tipo, cuando menos se lo esperan, desaparece y aparece a su espalda, pero esta vez no. Esta vez no aparece inmediatamente y los tres niños de casi siete años, se quedan paralizados sobre un sofá rojo. Y aquí empieza la aventura. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde se han metido? Se han ido y les han abandonado, ¿por qué? ¿Van a volver? Pero quizás haya salido algo mal, quizás el número ha fallado. Deciden ir a buscarles por la casa, quizás estén por ahí perdidos en no se sabe dónde. El miedo es terrible, valga la redundancia. La cabeza va a mil imágenes por segundo, el sentimiento de culpa pesa como si fuera de mármol, las agujas del reloj ralentizan su marcha, el tiempo sencillamente no pasa. Cuando llegué a este punto del guión sentí que aquí estaba el meollo de la cuestión, que aquí iba a empezar el espectáculo, que lo anterior iba a ser un decir: quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos y que en este momento engancharíamos directamente con el mundo emotivo de los niñ@s, con sus fantasmas, inconfesables, no verbalizados, pero vividos cotidianamente como un cataclismo. ¿Hay algo que produzca más miedo a un niño, que la perspectiva de que sus padres desaparezcan? Esa idea me atrapó. Todo giraría entorno a ese pánico sin nombre. Entonces abandoné inmediatamente la intención de hacer un espectáculo a base de números sobre los miedos, para contar la historia de estos tres pequeños viviendo una aventura en su propia casa y me dispuse a atravesar el miedo. Nosotros inventamos espectáculos para los niños. No los hacemos para que los adultos maniatados por formas de ver temerosas nos juzguen. Hacemos teatro para pequeñas personas que lo saben todo, escribimos ideas y las llevamos a cabo para hacérselas llegar antes de que olviden. A lo que iba, me volví a meter en el barro. Pero sigamos con nuestra historia. Los trillizos están en el salón de casa, desolados. Sus padres han desaparecido y deciden ir a buscarles. Primero bajan al sótano. En el sótano hay una lámpara colgando del techo que da una luz amarilla parpadeante. No es un buen sitio para visitar en plena noche. Para colmo, estalla una tormenta lejana que se va acercando. Decidí que cada uno de los trillizos tendría un miedo especial a cada uno de los espacios de la casa. Gali tiene miedo a la oscuridad y el sótano con esa lámpara vacilante es el reino de la oscuridad. Su mente se dispara cuando están abajo, un avión pasa a lo lejos, piensan que quizás sus padres se han ido a Acapulco de vacaciones, pero Gali va más allá. Para ella, ese avión ha entrado en el sótano y después de hacer un par de pasadas rasantes, sale por la ventana, luego ve a su madre montada a caballo que no le hace ni caso y finalmente se queda sola mientras una sombra terrorífica atrae su atención en un idioma extraño y una cabeza flota a su alrededor. Deciden salir de allí y mirar bajo la cama de sus padres, pero Rico no quiere saber nada del asunto. Para él, debajo de la cama viven los monstruos y siempre piensa que si se deja un brazo colgando mientras duerme, alguien se lo va arrancar de cuajo. Al principio pensé meter bajo la cama a un montón de monstruos, que esa noche iban a celebrar su show anual. Probamos con un trespiernas, una mano amputada de lo más viva, dos enanos... Como siempre en el primer guión hay demasiado material. Al final nos quedamos con un par de siamesas, que de alguna manera hicieran físicos los fantasmas de Rico. Sus dos hermanas están muy unidas y él tiene mala conciencia, sólo hacía unos días había hecho una buena trastada y temía que sus padres se hubieran ido por su culpa. Las hermanas están tan unidas que él las ve como siamesas que acaban tocando una pieza de violín a cuatro manos. Seres impredecibles y cambiantes. El guión de partida se va desmenuzando en los ensayos y uno tiene esta cosa de pensar imposibles y luego buscar la manera con los actores de llevarlos a cabo. El siguiente paso era la taza del váter. ¿Habrían caído por la taza del váter? Nana, la tercera hermana, se ve ante la taza del váter e imagina que baja a las cloacas. Las cloacas son un laberinto de espejos. En ese dédalo están sus padres, que huyen de ellos. Le cantan una canción que viene a decir: no aguantamos más, a veces parecéis cien, queremos volver a abrazarnos en silencio, volver a besarnos en aquella playa, después de una buena juerga en un circo francés. Este deseo que supongo siente cualquier pareja de padres, al menos yo lo siento a veces, aunque no me atreva ni siquiera a verbalizarlo, lo convertimos en canción. De nuevo el sentimiento de culpa. ¿Se han ido porque están hartos de nosotros? Pero todo está en su imaginación. Sólo queda un lugar posible y es el más inquietante. El armario. En ese armario, Filip y Elena Quesquesé conservan vestuarios de sus antepasados artistas. Abrigos, sombreros, zapatos de los abuelos y tíos que ya murieron. La abuela Aurora era adivinadora, el tío Leopoldo domador de leones, Agustín, Jefe de Pista. Los padres siempre les han dicho que con esa ropa no se juega, que algún día será importante para ellos. Quería hacer un número de ropa que cobra vida. Es un clásico de la pantomima, metes una mano por una manga y esa mano deja de ser tuya para pasar a ser de ese abrigo que colgaba inerte y ahora cobra vida. De pronto sentí que ese recurso era perfecto para crear un momento de relación de los niños con sus antepasados muertos. Y entonces sentí un escalofrío. ¿Niños de siete años hablando con sus muertos? Para ellos es terrible pensar que sus padres puedan estar en ese armario, eso puede decir que quizás hayan muerto. Entran y les preguntan, los abrigos les abrazan y tranquilizan. Los muertos están de nuestro lado, no están allí, ¿pero dónde? Este es uno de esos momentos en que el fondo y la forma se abrazan, en que el sentido de la imagen cobra sentido, un momento de teatro. Ya no les queda dónde buscar. Se han ido, de verdad. Entonces suena una voz en off acompañada por una música de circo. La voz dice: “Señoras y señores, son las doce de la noche, los trillizos Quesquesé, Rico, Gali y Nana acaban de cumplir siete años, hay una sorpresa para ellos detrás de la cortina del salón”. Y ahí están los padres cargados de regalos. Los niños les reciben con una alegría inmensa, pero luego les recriminan, ¿dónde os habéis metido? Pensamos que os habíais ido, hemos estado dos horas mirando por todos los rincones de la casa y no estabais. “Sólo han pasado dos minutos, hemos ido a la cocina a por vuestros regalos y hemos vuelto, sólo han pasado dos minutos”. Cuando tienes miedo el tiempo se estira y dos minutos te parecen toda una vida. Esto es lo que queríamos decirles: el miedo está en tu cabeza. Emilio Goyanes
 

Ficha Tecnica:

Técnico de luz y sonido Félix Pizarro
Escenografía y atrezzo Carlos Monzón
Construcción escenografía Carlos P. Donado
Música original Emilio Goyanes
Arreglos musicales Joaquín González
Iluminación Tom Donnellan
Arreglos de vestuario Mónica Bailón
Diseño gráfico Carlos Monzón
Fotos Juan José Palenzuela
Vídeo Prodista. Julián Peñafiel
Distribución Llanos Díaz

 





Duración: 60 minutos