Muestra

15 voces conversan sobre la autoría del mañana​

Victoria Szpunberg

Últimamente, he visto demasiadas salas vacías...

Últimamente, he visto demasiadas salas vacías, y eso pone triste a cualquiera. Efectivamente, son muchos los artículos que hablan de una caída del público teatral, algunos intentan dar respuesta a esta crisis, hasta hay quien nos culpa a nosotros, a los “faranduleros”. ¿Tal vez no interesa tanto lo que hacemos, o son las plataformas, la guerra de fondo, la precariedad económica, la pérdida de referentes…? Se habla de cambio de paradigma. ¿Cambio hacia dónde? ¿Alguien lo sabe?

No me preguntéis, por favor, si defiendo el teatro de texto o el teatro performativo, no soporto este tipo de dicotomías, también son muy cansinas. Me parecen la excusa de supuestos expertos que recurren a clasificaciones previsibles. Me interesa el teatro de la palabra, sí, y del pensamiento, pero que nunca resulte algo estanco, inmóvil, mental, literaturizado, me interesa la palabra como resistencia y como huida, la palabra impura (no consigo empatizar con el concepto de pureza, me van a perdonar, pero eso tiene que ver con mi historia familiar). Por eso, la oralidad me parece tan rica, porque no se queda la palabra idealizada en el papel, sino que baila, se mueve, necesita un cuerpo, una voz presente. Sin embargo, también me interesa la escena, la danza, el sonido, la luz… Y eso no es ajeno a la palabra teatral, todo lo contrario, es precisamente parte de la escritura.

Siempre me ha estimulado el cuestionamiento de la forma hegemónica, conocer las normas para cuestionarlas. Sin embargo, ahora mismo, después de estos años de crisis, covid, confinamiento, precariedad, me inquieta que ese planteamiento resulte demasiado sectorial, endogámico.

No hay que dejar de revisar el canon, por supuesto, un canon que no debería resultar totalizador, hegemónico, castrador. Revisar el canon. Revisitarlo. Conocer los recursos, la tradición, las diferentes técnicas. Recuperar el juego, porque jugar no es una tontería. Porque quizás, para salvarnos precisamente del simulacro de fuera, del simulacro que penetra en nuestra vida más íntima y, por supuesto, social, necesitamos recuperar unas formas conservadas, que no conservadoras, darle la vuelta a esas formas, probar diferentes combinatorias, sacudirlas… Que no es lo mismo que romperlas o, menos aún, ignorarlas. Entre nosotros y el mundo, entre nosotros y el espectador, existe un abanico inmenso de posibilidades imaginativas y maneras de construir capas de ficción. Es esa mirada sobre la ficción la que parece en crisis. Prefiero pensar que las crisis suponen una oportunidad de crecimiento. Sobre todo, porque el lema “no son tiempos para la lírica” se puede convertir en un mantra demasiado paralizador, por muy cierto que sea. Es un reto seguir haciendo teatro en estos tiempos, casi como el que sigue una fe.

Y es un reto hacerlo sin censura, sin querer idiotizarnos, ni al público ni a nosotros mismos.