Muestra

15 voces conversan sobre el legado de la Muestra

Paloma Pedrero

Compañero de viaje teatral

Desde que tengo memoria de mi vida como autora, este hombre silencioso y bueno ha estado cerca. Diría más, ha sido uno de los que me ha empujado a no tener miedo y lanzarme a aventuras nuevas que me han ayudado a sobrevivir en nuestro más bien parco teatro. Guillermo siempre ha sido generoso e insistente conmigo, aún, así lo creo, no siendo santo de devoción de mi teatro. Sí, mi poética, ha estado alejada de la suya y, sin embargo, siempre ha confiado en mí. Lo primero que recuerdo en este sentido, fue allá por el año 1985, estando él como director de la Sala Olimpia, me ofreció una ayuda a la creación de una obra. Me explicó que aquello era como una beca a jóvenes promesas. La institución me daría un dinero a cambio de presentar en ocho meses, creo recordar, el texto acabado. Ante su sorpresa, le dije que no, que yo no podía comprometerme a escribir una obra en ese tiempo. Él me contestó que cómo que no, que seguro que podría. Sí, le repliqué, pero no puedo asegurar que me salga bien. Entonces no puedo comprometerme. Yo por aquél entonces ya había estrenado La llamada de Lauren, así que el volvió a insistir: Vamos a ver, seguro que te sale algo interesante, tú ya has demostrado… Que no, Guillermo, le contesté empecinada, que no me atrevo. Ante mi convicción tuvo que aceptar mi negativa, pero no se quedó conforme. Unos días después me volvió a llamar y me citó en su despacho. Apenas me dejo hablar, me hizo sentar y me espetó: Querida, tienes que firmar estos papeles, vas a escribir una obra de teatro y va a ser buena, así que deja de tocarme las narices. Esto último no me lo dijo así, pero era el subtexto sin duda. Unos meses después, le presenté Invierno de luna alegre, sin saber si aquello era bueno o malo. Algunos meses más tarde, me dieron el premio Tirso de Molina por esta obra, lo que me permitió dejar el hospital donde trabajaba sin vocación desde hacía nueve años, y dedicarme profesionalmente al teatro.

Un tiempecito después me ofreció, junto a Jesús Cracio, impartir un taller de escritura teatral en el Instituto de la Juventud. Mi pánico volvió a cundir. Hazlo, me dijo, puedes. En aquel taller, mi primero como profesora, estaban algunos de los muy jóvenes autores del futuro, Juan Mayorga, Luis Miguel González Cruz, Raúl Hernández, Marga Sánchez, Pedro Víllora o David Planell…, alguno de los cuales conformarían después junto a Guillermo “El Astillero”. Aquel taller inolvidable me sirvió para atreverme a dar muchos otros durante todo mi viaje ya largo por el teatro, y poder sacar unas perras a añadir en mi precaria subsistencia de autora teatral.

Guillermo Heras también me ha programado en la Muestra de Autores de Alicante en bastantes ocasiones. Sin juzgar mi poética, y en su afán de que estuvieran todas en ese fantástico evento. Allí he podido disfrutar de los días más relajados y divertidos de mi trabajo teatral. En Alicante, con los compañeros y las traductoras y las comidas deliciosas y el buen rollo y el mar, hemos sido muy felices siempre.

Un año, hasta me dieron un homenaje, siendo la primera autora en recibirlo en la Muestra. Empuje, confianza, compañía, trabajo, felicidad y reconocimiento. ¿Qué más ha podido darme Guillermo? Su acogedora presencia, que espero sea por muchos años.