Muestra

15 voces conversan sobre la autoría del mañana​

Pablo Gisbert

Tengo una obsesión desde pequeño...

Tengo una obsesión desde pequeño, mirar quién ha hecho las cosas, quién las ha fabricado. Quién es el autor de lo que me rodea, quién ha construido lo que veo, quién lo ha decidido así. Inspecciono las etiquetas de las sábanas de los hoteles donde voy a dormir, busco en internet quién ha diseñado la plaza donde ahora estoy sentado escribiendo este texto. Yo soy de los que antes de ver un cuadro en un museo, se acerca a la cartela para escudriñar quien lo ha pintado.

Hablando de teatro, pienso que el concepto de autor/a es fundamental para entender la forma, el trazo y la estética de la pieza que se representa, para saber desde dónde y por qué se escribe. Y aunque para mí es básico saber quién es el autor, entiendo que es algo que solo importa lo suficiente a personas adscritas al oficio del teatro. El teatro ya no proyecta fama, no es una reggaetonera famosa, no es un canal popular de YouTube, no es un jugador del Manchester. Es otra cosa. Pienso que ya no existen los grandes gurús de la autoría teatral que revolucionen la escritura escénica como en su día lo fueron Brecht, Beckett o Lorca. El teatro del futuro debe pasar por una revolución que no es textual, ni temática, sino formal. Aun así, observo que muchos autores quieren acercarse a los modelos dramático-textuales de éxito como en las ficciones que aparecen en HBO, NETFLIX, Apple TV, etc., y pienso que deberían correr hacia otra parte, incluso a la parte contraria. Como ya pasó a principios del siglo XX, la aparición de la fotografía liberó formalmente a la pintura, y la pintura pasó de querer copiar la realidad a expandir, profundizar y abstraer la realidad.

El teatro ha sido siempre generador de ficción, pero hoy la necesidad de consumir ficción ya no pasa por un escenario. Leo en algunos medios de comunicación y lo están advirtiendo, hablo con directores de espacios teatrales y me lo exponen, yo mismo lo veo cuando voy al teatro: los patios de butacas nunca están llenos. Y si hay algún culpable del progresivo desinterés por el teatro, nunca es el público, sino nosotros los autores. Dentro de los escenarios de las pantallas existen ficciones más potentes y más baratas.

Desde su nacimiento, el teatro siempre ha buscado convertirse en una realidad virtual utilizando la herramienta de la imaginación: construir delante de los ojos del espectador un posible mundo artificial, ultradiseñado, hipercoreografiado. Y desde hace poco, esa realidad virtual ansiada, ya existe. El teatro no puede competir con la digitalización de la vida. El autor/a, más que nunca, debe invocar a la imaginación, no ofrecerla finiquitada, editada y pixelada como en las propuestas digitales. Es otra cosa.