Muestra

15 voces conversan sobre la autoría del mañana​

Lucía Miranda

La cuestión de la voz

De niña pensaba que un autor, era un señor serio con bigote.

El retrato de Lorca, imberbe y jovial, no representaba esa imagen de dramaturgo heredada de los libros de texto. Sin embargo, los demás: Lope, Calderón, Valle… todos señores serios, con bigote, mirándome desde otro tiempo.

Yo ni soy seria, ni soy un señor y hago mis esfuerzos por no tener bigote. Crecí sin pensarme autora de teatro, sin barajarlo si quiera, porque durante muchos años, no encontré referentes. Autoras de novela sí: estaban Matute y Gaite firmando en la feria del libro, y en los listados de la escuela asomaban Pardo Bazán, Laforet, Chacel; en poesía, Gloria Fuertes alumbraba a los niños de los ochenta; pero ¿en teatro? En el libro “Historia del Teatro Español del siglo XX” de César Oliva que estudié con ahínco en el verano de mis diecisiete, no hay ningún capítulo con nombre de mujer (sí párrafos o nombres en listados). No es una crítica al maravilloso trabajo de César, es una constatación de una realidad.

Las autoras de mi generación hemos entrado con fuerza en los últimos cinco años gracias a que otras nos mostraron el camino: Itziar Pascual, Laila Ripoll, Yolanda Pallín… y a un cambio en las políticas culturales y académicas de este país (a la crítica teatral aún no ha llegado). Como explica la compañera Jana Pacheco en su tesis Dramaturgia Visual: Renovación escénica contemporánea: con la mayor presencia de mujeres creadoras en los teatros han aparecido temas y propuestas estéticas hasta ahora en segundo plano como, por ejemplo, la inclusión. Solo hay que echar un vistazo y ver quién firma las propuestas que trabajan con diversidad funcional o con infancia y juventud como tres ejemplos de trabajos muy dispares que se incluyen ahora dentro de nuestra dramaturgia. ¿Qué propuestas nos estamos perdiendo por la ausencia de otras otredades?

La diversidad de voces de la autoría contemporánea es para mí, una de las mayores transformaciones. Mi escritura es un ejemplo de ello. Bebo de distintas técnicas de teatro aplicado (foro, verbatim, drama in education), escribo de la mano de una comunidad, desde el juego, y no desde la soledad de mi escritorio. Hace treinta años no hubiera sido invitada a formar parte de esta publicación. Así que: ¡gracias, cambio!

Pero siguen faltando maneras de ver el mundo en los escenarios. Nuestra autoría sigue siendo mayoritariamente blanca en un país que ya no lo es, y las autoras cuya obra es reconocida nacionalmente y por el gran público se cuentan con los dedos de las manos. En los siguientes treinta años, hay que trabajar para generar espacios donde todas las voces sean escuchadas, donde haya imaginarios e historias ajenas al canon actual, provocar un teatro más democrático y plural en lo que a las voces se refiere. Centrarnos, como dice bell hooks, en la cuestión de la voz: “¿Quién habla? ¿Quién escucha? Y ¿por qué?”