Muestra

15 voces conversan sobre el legado de la Muestra

Juan Luis Mira

El jefe que no va de jefe

Conocí a Guillermo Heras a mediados de los setenta sobre el escenario del teatro Principal de Valencia al término de su función Un tal Macbeth. Estaba preparando un trabajo sobre el Teatro Independiente y había concertado una entrevista con él. Mi bisoñez académica esperaba encontrarse a todo un señor director de una compañía puntera y me topé con un tipo descolgando focos, como todo quisqui, después de sudar la camiseta escénica. Cuando terminó la faena charlamos un buen rato y esa noche aprendí más literatura que la que me enseñaron durante los cinco años que duró la carrera.

Después la vida y el teatro —esas mentiras diferentes— nos ha reencontrado en repetidas ocasiones. Unas pocas veces, entre líneas (por ejemplo, forma parte esencial de mi tesis sobre Las raíces de la nueva dramaturgia en España), pero sobre todo he tenido el privilegio de experimentar —palabra fundamental en Guillermo— junto a él el día a día del teatro, ya sea codirigiendo un texto mío, Calderilla, que estrenamos con Jácara en el Falla inaugurando el F.I.T. o principalmente durante los 29 años que ha durado nuestro periplo por la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos. Y durante estas cuatro décadas su figura, para mí, se ha ido haciendo cada vez más grande. Vivir/sufrir/amar el teatro en sus múltiples variables a su lado ha sido recibir una lección tras otra de alguien que nunca ha ido de profesor y que solo ha querido ser honesto y profesional con todo lo que toca. Porque la gran lección de Guillermo no te la da en sus escritos (poca gente he conocido que haya leído/escrito tanto y tan bien sobre las artes escénicas) sino en su forma de entender y practicar el teatro, parte intrínseca de su vida. Y su capacidad innata para general iniciativas.

Yo le he llamado cariñosamente todos estos años Jefe, o el Boss, otras veces “Willi”, el andariego. Lo veo con sus manos atrás, mesándose la coleta que peina, cuando las cosas no iban bien o porque siempre surge un problema a última hora. O, simplemente, porque “esa era la última edición” —una copla que sonó desde las primeras convocatorias—. Y todos a su alrededor sabíamos que al año siguiente volvería a estar al pie del cañón. Porque la Muestra la parió él y se ha mantenido gracias a su paciencia, generosidad y trabajo. Y porque siempre ha sido ese boss que solo es un currito más que cree en lo que hace. Por eso apostó por la dramaturgia viva española cuando nadie daba un duro por ella y creyó en nuestra dramaturgia femenina consciente de que terminaría, como así ha sucedido, siendo tan importante como la masculina.

Ahí queda su trabajo. Ahí quedan esos 29 años al frente de la Muestra consiguiendo consolidarla. Solo un jefe que no va de jefe puede conseguir ese milagro. Y yo he tenido la suerte de estar en su equipo, aprender de él y con él. Y, a pesar de todo, seguir creyendo en el teatro nuestro de cada día.