Muestra

15 voces conversan sobre el legado de la Muestra

José Sanchís Sinisterra

El aguijón del tábano

En el mundo del teatro -y, sin duda, en otros ámbitos del arte y la cultura- abundan las metamorfosis y las duplicidades. Es decir: personas que, al cambiar de contexto profesional -pongamos, por ejemplo, del teatro independiente al teatro público-, experimentan una más o menos notable mutación y las vemos transitar sin sonrojo desde un talante crítico y contestatario a una actitud sumisa y complaciente -o sea: políticamente correcta- con las instituciones a las que sirven.

También son frecuentes el doble discurso, dependiendo del ámbito en que se manifiestan, y hasta las ideologías de quita y pon, por ejemplo: el teatro como territorio de la denuncia y de la transgresión y/o sirviendo de escaparate a los valores eternos que cimentan nuestra tradición cultural. O sea: el arte en tanto que revulsivo político-social y/o como expresión del culto capitalista al arte-mercancía.

Sin duda estoy simplificando y exagerando, pero es que, en la tesitura de abrazar con palabras la figura de Guillermo Heras, no puedo dejar de constatar la coherencia y el rigor con que ha sabido sortear las mencionadas lacras y, al tiempo, conciliar su compromiso con pasajes y paisajes de muy distinto signo, sin por ello abdicar de una insobornable fidelidad al teatro concebido como aguijón del tábano socrático: un revulsivo contra todo tipo de amodorramiento, conformismo y sumisión.

Desde su pertenencia al ya mítico grupo Tábano, que sacudió el teatro español de los turbulentos años 70, esquivando prohibiciones, censuras y multas mientras el país caminaba hacia la Transición, diseminando su revuelta ante públicos obreros y campesinos de España y de Europa -sin olvidar América Latina-, Guillermo se forjó como actor, director, gestor… y poco después autor y profesor, erigiéndose como figura paradigmática de la nueva teatralidad.

Que desde 1984 a 1993 asumiera la responsabilidad de dirigir el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas sin abdicar de sus principios ni de su talante inconformista, abriendo sus puertas a las “hordas” de la llamada Generación de la Democracia, confirmó -para quien tuviera dudas- que era posible conciliar la práctica escénica crítica con el dispositivo institucional. Conciliación que se reflejó también, pese a su pertenencia a una generación de actores y directores para quienes “el mejor autor es el autor muerto” -lema de algunos de sus compañeros del teatro independiente-, cuando asumió la dirección de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos de Alicante, auténtico barómetro de las nuevas dramaturgias.

Por todo esto -y por mucho más-: mil y una gracias, Guillermo.