Muestra

15 voces conversan sobre la autoría del mañana​

Eusebio Calonge

El tiempo va sobre el sueño…

Que no es el presente quien empuja al futuro es un pensamiento que le debo a Rosenzweig, quizás hay un porvenir que no depende por entero de nosotros, poco puede surgir de este presente donde el teatro está intervenido, preso del oficialismo, del soporte estatal, de un convencionalismo cultural.

Nada se cambiará desde la literatura dramática, desde las puestas en escenas, la producción, la gestión, las oficinas ministeriales o la taquilla. Nada espero de esos autores que escriben para la editorial más que para el escenario. Nada surge de las condecoraciones, de los premios y de los rankings, las alfombras rojas no son ningún camino, sólo señuelos para nuestra vanidad.

La cuarta pared o el nuevo naturalismo refugiado en pantallas, el documentalismo replegado al discurso, apunta a un oficio escénico sin la menor trascendencia cuyo único sentido son los cambios estéticos o la crítica complaciente siempre al poder.

No hay ningún futuro telemático, in streaming, on line, ni en nada que no pueda impregnarse del sudor del actor.

Tan agotadas están las antítesis como las tesis.

Pero no quiere ser este un discurso pesimista, escéptico, nihilista, a la usanza de la época. La semilla del teatro es arrastrada por el viento, y este «sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va» (Jn 3,8). Para que germine necesita desarrollar su potencial, y su potencial, como todo lo vivo, es conflictivo. Conflicto contra lo establecido, la sociedad en que se desarrolla, contra las propias palabras que intentan usurpar el poder expresivo del cuerpo. La integración del autor teatral a ese conflicto que se genera, pasa entonces, por un conflicto consigo mismo, debe dejar de ser solo quien cubre la parcela literaria que se le asigna, y vincularse con todo un grupo humano, la compañía, en la búsqueda de lo que es anterior al lenguaje.

El teatro adolece de búsqueda cuando intenta un resultado, no encuentra hallazgos cuando parte de fórmulas. No puede ser original cuando busca lo novedoso. La modernidad que se encargó de romper con la tradición hace mucho que ya no encuentran nada que destruir. Sólo queda un modo de buscar la originalidad, profundizar en el origen. Avanzar siguiendo las huellas. De nuevo crear puentes, encuentro entre vanguardia y tradición. Sin raíces no se crece. Recordemos como Shakespeare o Calderón, el Maestro Eckhart o Veit Stoss, afluyeron en mitad de la corriente creativa del siglo XX, la que nos empuja hasta aquí. Revelando las formas que nos hicieron buscar nuevas palabras para expresarlas, encontrando palabras que necesitaran abrir nuevas expresiones corpóreas.

¿Y si en la visión horizontal, al patio de butacas, tuviéramos un impulso de verticalidad, así fuera el de Ícaro? ¿Y si las obras tuvieran el tiempo de germinar en un lenguaje? ¿Y si el espacio de nuevo es esférico? De ningún modo veo en esa bola de cristal, tan frágil, al autor desvinculado de la compañía, más bien como escribió Shakespeare, “We few, we happy few, we band of brothers.”