Muestra

15 voces conversan sobre la autoría del mañana​

Alberto Conejero

No tengo ninguna certidumbre sobre la escritura dramática...

No tengo ninguna certidumbre sobre la escritura dramática. Si alguna vez la tuve, los años y los escenarios me despojaron de ella. Sólo cuando desaparece la certidumbre, aparecen la fe y el deseo, las única preceptivas que exige el teatro.

No es la intemperie la condición forzada de la escritura dramática, sino su sustancia. Las autoras o los autores dramáticos, si de verdad quieren servir al teatro, han de escupir sobre la autoridad que alguna vez la academia o el ego les entregó. El teatro es siempre nosotras, es siempre nosotros. Y en esa primera persona del plural hay encuentro y catástrofe, renuncia y comunión, diálogo y controversia. La escena no sirve al texto del autor, sino que el autor ha servir a la escena. La autoría teatral comprende y celebra ese vasallaje; un bosque de signos, dijo Barthes. Comprende entonces que no eres el agrimensor de lo que acontece en escena. Eres un habitante más de esa espesura por llegar. Si la puesta en escena fuera un incendio —en cuanto sólo puede acontecer una sola vez en un mismo lugar y con los mismos materiales—, tú eres sólo un pirómano más de esa llamarada. “Tachar” es un verbo tan importante como “escribir” para el autor dramático. La escritura para el teatro está llena de huecos que serán habitados por otras personas. El teatro es compañía. Los huecos de la escritura dramática son las sillas que dispones para los que están por llegar.

Esto no quiere decir que no hayas observado las poéticas, las normas, las transgresiones, la herencia y el legado de las mujeres y de los hombres que escribieron en escena antes que tú. Por supuesto, estarás también atento a lo que tus coetáneos hacen. Como tú, también lo están intentando. Y también comprenderán que no se escribe teatro sino para el teatro.

De nuevo: el teatro es siempre una primera persona del plural. De ahí que en la última década conviva cada vez más el “un texto de” con “una creación de” seguida habitualmente de un colectivo. Es frecuente que en estas creaciones colectivas alguien esté más especializado en la dramaturgia y en la escritura de los textos, pero finalmente el concepto de autoría se desplaza a lo que acontece en escena; también el de dirección, por supuesto. Hay muchos espectáculos de creación híbrida en los que es imposible deslindar la autoría, de la creación y de la dramaturgia. Por supuesto que se siguen escribiendo textos que son percibidos por la tradición como literatura dramática —con su dramatis, sus didascalias, su espacio dialógico convencional, etc.—, pero cada vez más comprendemos que la escena se nutre de textos en los que alguien ha depositado ya un gesto teatral. No es suficiente. Desconfío de aquellos autores y autoras que no han colgado un foco, que no han recogido y cargado una escenografía cuando la función ha terminado, que no han vivido, pues, el teatro.

La literatura dramática ha asumido su desbordamiento hacia lo poético, lo ensayístico, lo narrativo, lo cinematográfico… La literatura dramática persigue una reteatralización de la palabra frente al monopolio de lo verosímil. Quiere devolverle al lenguaje su misterio. Esta ha sido siempre su misión.